Marcial vive en una comunidad rural de Guerrero, donde llegar a su casa y moverse dentro de ella implica recorrer escaleras y pasillos estrechos a pesar de tener visión y audición muy limitadas.
No puede trabajar ni tener ingresos constantes debido a sus discapacidades. Su hermana y su sobrina lo ayudan mientras también cuidan a sus propias familias, y Marcial se preocupa por representar una responsabilidad adicional para ellas.
La mañana en que Mari lo visitó, se le había terminado el gas para cocinar y estaba comiendo sus alimentos fríos. Cuando ella le explicó que unos vecinos habían enviado ayuda y la puso en sus manos, comenzó a llorar.
“Este apoyo es como una bendición de Dios para quienes realmente lo necesitamos.”
El apoyo resolvió una necesidad práctica, pero también llevaba otro mensaje: alguien había visto a Marcial, se había preocupado por lo que enfrentaba y había decidido hacerse presente.
‘Dondequiera que estén’, dijo Marcial, ‘que todo lo que han hecho se les multiplique y regrese’.




